La Catedral de la Encarnación de Málaga es la sede episcopal de la diócesis malacitana, la mayor referencia monumental de la ciudad y una de las obras más representativas del Renacimiento español.

Su silueta, elevada sobre una loma que acogió la génesis de la ciudad de Málaga desde tiempos anteriores a la llegada de los fenicios, domina todo el casco histórico. Los acontecimientos que en ella se han dado reflejan la transformación religiosa, política y artística de Málaga a lo largo de sus más de tres siglos de existencia, desde que fuera erigida canónicamente en 1488 por bula del papa Inocencio VIII.

De mezquita mayor a catedral cristiana

El origen de la Catedral está directamente ligado a la conquista cristiana de Málaga en 1487 por los Reyes Católicos. Tras la toma de la ciudad, la antigua Mezquita Aljama, situada dentro del recinto amurallado musulmán, fue consagrada como templo cristiano bajo la advocación de Santa María de la Encarnación, por voluntad expresa de Isabel I de Castilla.

Esta dedicación no fue casual: el misterio de la Encarnación, por el cual Dios se hizo hombre —negado por el islam—, simbolizaba la afirmación del nuevo orden religioso y político instaurado en territorios como Málaga.

En un primer momento, el edificio islámico, con cinco naves y ciento trece columnas, fue adaptado al culto cristiano, modificando su orientación y añadiendo capillas y elementos del gótico tardío. Sin embargo, sus limitaciones —especialmente la baja altura— y las poco acertadas reformas llevaron a que, hacia 1518, se solicitara a la Corona la construcción de un nuevo templo.

Fue clave la figura del deán Fernando Ortega, vinculado al entorno de Carlos I, quien impulsó el inicio de las obras en torno a 1527-1528, bajo la dirección del maestro Pedro López.

El inicio de un gran proyecto renacentista

La supervisión de la primera etapa constructiva recayó en el gran arquitecto de la época Enrique Egas, quien reconoció y aprobó la traza del templo pergeñada por Diego de Siloé, uno de los grandes maestros del Renacimiento español a quien la Catedral malacitana debe su particular impronta, tan relacionada estilísticamente con las iglesias mayores de Granada y Guadix.

La concepción arquitectónica que impuso, alejada de los postulados góticos que en origen se pensaba adoptar para el templo, hoy parcialmente transformada, sentó las bases de un templo monumental, luminoso y de gran equilibrio formal.

Siglos de obras y grandes maestros

Durante el transcurso del siglo XVI, gracias a los fondos provenientes de las fábricas menores del Obispado, las aportaciones testamentarias de los canónigos y el mecenazgo de prelados como Bernardo Manrique (1541-1564), se avanzó en el proceso constructivo, centrado en la cabecera, configurada con pilares adornados por semicolumnas de capiteles corintios.

Maestros como fray Martín de Santiago y Diego de Vergara, padre e hijo, se sucedieron en la dirección de los trabajos, que contaron con el asesoramiento y colaboración puntual de algunos de los arquitectos más destacados del Renacimiento andaluz, como Andrés de Vandelvira, Hernán Ruiz II y Diego de Vergara.

A finales del siglo XVI, aunque las obras distaban mucho de estar terminadas, prevaleció el criterio del obispo García de Haro al considerar este que, estando concluida la capilla mayor y por tanto la cabecera del templo, se podía proceder a su consagración, acontecimiento que se produjo el 31 de agosto de 1588.

Avances lentos y culminación parcial

El siglo XVII supuso un periodo de escasos logros, ya que los esfuerzos se centraron en la construcción del coro, algo que recayó en el arquitecto Pedro Díaz de Palacios, que había sucedido a Vergara hijo tras su fallecimiento.

En cuanto a la sillería, el conjunto fue iniciado en 1633 por el escultor Luis Ortiz de Vargas, quien llegó a ejecutar el entablamento general y la silla episcopal con las imágenes de la Virgen flanqueada por los apóstoles Pedro y Pablo.

Le relevó en la tarea José Micael Alfaro, a quien se debe el apostolado, los bustos femeninos de la crestería y varios relieves secundarios. Víctima de la peste de 1649 y, tras un frustrado intento por un tallista llamado Fernando Ortiz, la terminación de la sillería fue confiada en 1658 al maestro Pedro de Mena y Medrano, que pasa por ser el artífice principal de esta obra que, junto a los de Córdoba y Toledo, forma parte de la tríada de los grandes conjuntos corales de España.

Cuarenta y dos imágenes salieron de su gubia, en la práctica, esculturas casi de bulto redondo.

No sería hasta el siglo XVIII, cuando tras un decisivo informe emitido por el ingeniero del puerto Bartolomé Thurus, se determinó por parte del Cabildo la reanudación de las obras, ya que existía la amenaza de derrumbamientos.

Al frente de esta segunda etapa constructiva estuvieron el arquitecto José de Bada, que acometió el proyecto logrando una auténtica proeza técnica, comenzando desde la actual fachada principal hasta lo ya edificado, cuyo término lo marcaba el gran paredón levantado en la embocadura del coro.

En 1755 fallecía el citado maestro mayor, siendo sucedido por Antonio Ramos, en quien, en 1764, recayó la responsabilidad de unir la obra nueva con la vieja, haciendo patente el respeto estilístico para lograr una integración sin estridencias.

En 1768, la Catedral se abrió al culto con el aspecto general que presenta en la actualidad.

Paralización de las obras y elementos inacabados

Desafortunadamente, hacia 1782, dada la precaria situación de los fondos catedralicios, el cese del arbitrio real —basado en impuestos sobre el aceite, vino y pasa—, la retirada de apoyo municipal y las constantes solicitudes de la Corona, las obras se dieron por finalizadas.

Muchos elementos quedaron incompletos, especialmente los exteriores, como la coronación de la fachada, la balaustrada, la sacristía mayor, la ornamentación escultórica y, muy especialmente, una de las torres, que quedó a medio hacer.

Siglo XIX y acontecimientos posteriores

La invasión napoleónica provocó el expolio generalizado del templo, y las posteriores desamortizaciones del siglo XIX agravaron la situación.

A pesar de algunos intentos de recuperación, como la visita de la reina Isabel II en 1862, solo se logró la ejecución del tabernáculo de mármol del presbiterio.

Lo más destacado de esta centuria fue la construcción de los dos grandes órganos barrocos, encargados por el obispo José Molina Lario al organero Julián de la Orden, con diseño de José Martín de Aldehuela. Inaugurados entre 1778 y 1782, cuentan con más de 4.000 tubos cada uno y son considerados entre los mejores de España.

En 1855, el papa Pío IX concedió a la Catedral el título de Basílica Menor, subrayando su relevancia.

Durante la Guerra Civil española, el templo sufrió importantes daños por la violencia anticlerical, perdiéndose retablos, imágenes y piezas de arte sacro, aunque la estructura principal se conservó.

Restauraciones y actualidad

En las décadas posteriores se llevaron a cabo diversas restauraciones, la incorporación de nuevos retablos y la reproducción de obras desaparecidas.

En 2024, se ha producido la reanudación de las obras, centradas en la construcción del tejado y elementos de la fachada principal, siguiendo los diseños originales.

Hoy, la Catedral de Málaga es un magnífico ejemplo de arquitectura monumental, con un importante acervo artístico que reúne obras de pintores como César de Arbasia, Luis de Morales, Jacobo Palma, Miguel Manrique, Alonso Cano, Juan Niño de Guevara, Mateo Cerezo o Enrique Simonet.

También destacan escultores como Pedro de Mena, Alonso de Mena, Jerónimo Gómez, Fernando Ortiz, Juan de Salazar, Antonio Medina o los contemporáneos José Navas Parejo, Francisco Palma y Francisco Pinto Berraquero.

Esta conjunción entre siglos de historia, estilos artísticos y esfuerzos colectivos hace posible que su presencia siga marcando el paisaje urbano, constituyendo una visita imprescindible para comprender la evolución histórica y artística de la ciudad.